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Como nace un fantasma

Existe la creencia de que el alma está formada por tres partes: mental, emocional y espiritual. Las tres juntas conformarían lo que se denomina el cuerpo astral. Y en el momento de producirse el tránsito, el fallecimiento del ser humano, sucede lo inevitable: dichas tres partes se descomponen, el alma espiritual se desliga de las otras dos y vuelve a la dimensión luminosa de donde proceden las almas, quedando únicamente en la tierra el alma mental y el alma emocional.

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En base a esta creencia, pues, al quedar solas, estas dos `porciones’ del alma se vuelven inestables y es entonces cuando se convierten y dan origen a lo que denominamos un fantasma o un espectro; una entidad que está carente de un cuerpo físico y de una parte espiritual que le dé personalidad y guía. La parte mental de ese alma recuerda que le quedaron asuntos pendientes y se mantiene en este mundo hasta que verlos cumplidos y/o realizados, valiéndose para ello de personas perceptivas y comunicándose con los vivos de diversas formas. Esa parte mental recuerda su vida y algunas veces las vidas pasadas; puede moverse en el plano astral recopilando información y, como en esta dimensión no existen ni el tiempo ni el espacio, puede visualizar eventos a futuro… pero nada de todo ello le sirve, porque mientras más tiempo pasa en contacto con el plano terrenal -es decir, mientras más tiempo sigue `atada’ a este mundo- se desgasta más y sufre los estragos de su propia sensibilidad memorística y de la de su parte emocional, que aún continúa adherida a ella. A los fantasmas y espectros se les ayuda a descansar y a acelerar este proceso por el que atraviesan, cumpliendo con lo que no pudieron finalizar y escuchando los mensajes que quieren darnos.

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Cuando la parte mental del alma ha terminado sus asuntos pendientes o ha visto sus demandas satisfechas se retira y parte hacia una dimensión superior, y deja sola en el plano terrestre al alma emocional. Esta última es un residuo o manifestación energética que ya no sabe para qué existe, dónde está o cómo llegó ahí, y ha perdido toda estabilidad y toda motivación mental o espiritual. Este tipo de fantasmas no tienen un propósito concreto ni definido; no recuerdan nada de su existencia anterior -ni siquiera si la tuvieron- y reaccionan según su estado de ánimo en cada momento y también según la vibración emocional que pueden captar o compartir en o entre la gente del entorno que los rodea o en el que se hallan. Son un tipo de fantasmas que podríamos denominar `descarriados’, sin rumbo ni objetivo ni tampoco motivación; dependiendo de su estado emocional pueden actuar de forma generosa y desprendida, o bien comportarse de manera malévola y dañina; en este último caso, estos residuos espectrales son capaces de causar toda clase de problemas a los seres vivos.

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Este tipo de fantasmas se adhieren a lugares y espacios que ellos conocieron en vida. No pueden alejarse demasiado de la ubicación escogida porque de alguna manera sienten que, si lo hicieran, podrían acabar desapareciendo o desintegrándose en la nada, ya que en el fondo sólo son una condensación de emociones; cualquier otro sitio que vean para ellos es desconocido, extraño y particularmente peligroso. No es extraño, pues, que se refugien en viviendas, casas antiguas o abandonadas, determinados parajes o lugares muy concretos; a veces al aire libre (parques, jardines…) pero casi siempre en construcciones físicas, que les hacen sentirse y mantenerse seguros del `mundo exterior’. Puede darse el caso que perciban incluso otras esencias emocionales y convivan con ellas como si convivieran con otras personas; pero incluso a esos niveles energéticos, estos `fantasmas emocionales’ (ya que, repetimos, nada más que eso son) pueden llegar a amedrentar a otras esencias más débiles.

Así es como una casa o una vivienda puede llegar a estar `encantada’ por varias de dichas entidades, se les llame fantasmas, espectros o espíritus. Por sí solos tales espíritus son débiles, pero al mismo tiempo son los más arraigados a la tierra; se mantienen anclados por la atracción de las personas vivas. Atados emocionalmente a los demás por lazos de amor u odio, por recuerdos nostálgicos o por cualquier otra emoción, en realidad somos los vivos quienes mantenemos a estos fantasmas aferrados al mundo físico.

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Aunque las citadas no son las únicas formas o tipos de fantasmas. Los hay también que son manifestaciones psíquicas de nuestra propia mente: deseos, ansiedades y miedos que se desarrollan en áreas de nuestra mente que conscientemente no podemos controlar y que en algunos casos pueden incluso llegar a dominarnos.