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Enriqueta Martí Ripollés: La Vampira de Barcelona

Enriqueta Martí fue una de las criminales más atroces de la historia negra de España. Secuestradora, prostituta, falsificadora, corruptora de menores, pederasta, bruja y asesina son algunas de las actividades que ejerció durante su vida esa mujer a la que el pueblo de Barcelona bautizó como la Vampira del Carrer Ponent. Enriqueta se traslada a Barcelona abandonando su ciudad natal, San Felíu de Llobregat, allí trabajará como niñera, pero pronto comienza a ejercer la prostitución, tanto en burdeles como en lugares dedicados a esta actividad. En 1895 se casa con un artista, un pintor llamado Joan Pujaló, pero el matrimonio fracasó por, según Pujaló, la afición de Enriqueta por los hombres.

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Enriqueta llevaba una doble vida. Durante el día mendigaba y pedía en casas de caridad, conventos y parroquias, vistiendo harapos y llevando en ocasiones niños de la mano que los hacía pasar por sus hijos. Posteriormente, los prostituía o los asesinaba. De noche se vestía con ropas lujosas, sombreros y pelucas, y se hacía ver en el Teatre del Liceu, el Casino de la Arrabassada y otros lugares donde acudía la clase acomodada de Barcelona. En 1909 fue detenida en su piso de la Calle Minerva de Barcelona acusada de regentar un burdel donde se ofrecían servicios sexuales de niños entre 3 y 14 años; Enriqueta nunca tuvo un juicio por el asunto del burdel y el proceso se perdió en el olvido judicial y burocrático.

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Al mismo tiempo que hacía de proxeneta de niños, también ejercía la profesión de curandera. Los productos que utilizaba para fabricar sus remedios estaban compuestos por restos humanos de las criaturas que mataba, que llegaban incluso a ser desde niños de pecho hasta criaturas de 9 años. De esos niños lo aprovechaba casi todo, la grasa, la sangre, los cabellos, los huesos (que normalmente transformaba en polvo); por esta razón no tenía problemas para deshacerse de los cuerpos de sus víctimas. Enriqueta ofrecía sus ungüentos, pomadas, filtros, cataplasmas y pociones, especialmente para curar la tuberculosis, tan temida en aquella época, y todo tipo de enfermedades que no tenían cura en la medicina tradicional. Gente de clase alta pagaba grandes sumas de dinero por estos remedios.
En el momento de su última detención se encontraron en su piso del número 29, entresuelo primera del carrer de Ponent (hoy Joaquín Costa), y en diferentes pisos de Barcelona donde había vivido, los huesos de un total de doce niños. Enriqueta es posiblemente la asesina en serie más mortífera que ha habido en España. Enriqueta llevaba muchos años actuando en Barcelona porque en la cultura popular se sospecha que alguien se llevaba a bebés. Había muchos niños que desaparecieron sin dejar rastro y había un temor fundado entre la población.

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El 10 de febrero de 1912 secuestró su última víctima: Teresita Guitart Congost. Durante dos semanas todo el mundo la buscó y, en esta ocasión, hubo una gran indignación popular ya que se demostraba que el temor de la población era cierto y que las autoridades habían sido extremadamente pasivas con este tema. Sería una vecina cotilla, Claudia Elías la que encontraría la pista de Teresita. El 17 de febrero vio una niña con el cabello rapado mirando desde un finestrón del patio interior de su escalera. El piso era el entresuelo del número 29 de la Calle de Ponent. La señora Elías nunca había visto a esa niña. La pequeña jugaba con otra criatura y Claudia le preguntó a su vecina cuando la vio aparecer por la ventana si esa niña era suya. La vecina en cuestión era Enriqueta Martí, que le cerró la ventana sin decir una palabra. Claudia Elías extrañada comentó el hecho al colchonero de la misma calle con quien tenía amistad y le hizo saber que sospechaba que esa pequeña era Teresita Guitart Congost y éste se lo hizo saber al municipal José Asens, quien se lo comunicó a su jefe, el brigada Ribot.

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Y fue éste el que a primera hora de la mañana del 27 de febrero de 1912 llamó a la puerta del entresuelo 1ª del número 29 de la calle de Ponent. Le abrió una mujer que acababa de despertarse.

–Buenos días. Vengo a inspeccionar su domicilio, pues hemos tenido una denuncia de que tiene usted gallinas.

– ¿Gallinas? ¿A quién se le ocurre? Eso es mentira.

–Si me permite…

Y el brigada Ribot penetró en el piso descubriendo al fondo del pasillo a dos niñas de corta edad. La dueña de la casa reaccionó y le dijo que sin una orden del juez no podía pasar. Pero era tarde. Ribot se acercó a la pequeña, que tenía la cabeza rapada.–¿Cómo te llamas, guapa?

–Felicidad

– ¿No te llamas Teresita?

La niña vaciló y acabó diciendo: “Aquí me llaman Felicidad”. Ribot preguntó a la mujer quién era aquella niña y ella respondió que no lo sabía, que se la había encontrado por la calle el día anterior y le había dicho que estaba perdida y que tenía hambre y ella se la había llevado a casa. “La otra es mi hija y se llama Angelita”, añadió. No había ningún rastro del niño que la vecina decía haber visto en repetidas ocasiones y al que llamaban Pepito.

Una de ellas era Teresita Guitard Congost y la otra una niña llamada Angelita. Teresita fue devuelta a sus padres, después de haber declarado. Explicó cómo en un momento en el que se alejó de su madre, Enriqueta se la llevó de la mano prometiéndole caramelos, pero al comprobar que se la llevaba demasiado lejos de su casa quería volver y Enriqueta la cubrió con un trapo negro cogiéndola por la fuerza y llevándola a su piso. Nada más llegar a casa Enriqueta le cortó los cabellos y le cambió el nombre por el de Felicidad, diciéndole que no tenía padres, que ella era su madrastra y que así debía llamarla cuando saliesen a la calle. La mal alimentaba, con patatas y pan duro, no le pegaba pero sí que la pellizcaba, y le había prohibido salir a las ventanas y balcones. Declaró también que las solía dejar solas y que un día se aventuraron a mirar en las habitaciones en las que Enriqueta les tenía prohibido entrar. En esta aventura encontraron un saco con ropa de niña llena de sangre y un cuchillo para deshuesar también lleno de sangre.

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La declaración de Angelita fue más aterradora. Antes de la llegada de Teresita a casa había otro niño, de cinco años llamado Pepito, Angelita declaró que se asomó a la puerta de la cocina y vio como lo mataba encima de la mesa. Enriqueta no se dio cuenta que la niña la había visto y Angelita corrió a esconderse a la cama y hacerse la dormida.
Intentó hacer pasar Angelita por su hija y de Joan Pujaló. Incluso enseñó a la niña a decir que su padre se llamaba Joan, pero la niña desconocía completamente quienes eran sus apellidos y no había visto nunca su supuesto padre. Pujaló negó que la niña fuese suya, que nunca la había visto y que Enriqueta ya le había mentido en el pasado con un falso embarazo y un falso parto. Un examen médico corroboró que Enriqueta no había parido nunca. El testimonio final de Enriqueta fue que Angelina era realmente la hija que había robado a su cuñada Maria Pujaló a quien había asistido en el parto, haciéndole creer que la criatura había muerto al nacer para quedarse con ella.

En cuanto a Pepito, se le preguntó por su paradero y ella dijo que ya no estaba con ella, que se lo había llevado al campo porque se había puesto enfermo. Pepito había llegado a sus manos según ella porque una familia le había confiado al niño para que ella se hiciera cargo. El testimonio de su asesinato explicado por Angelita más las pruebas de la ropa encontrada en un saco, el cuchillo y algunos restos de grasa fresca, sangre y huesos hicieron añicos la excusa de la asesina. Estos restos eran de Pepito. Tampoco pudo justificar cuál era la familia que le había confiado el niño, quedando claro que era otra criatura secuestrada.

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Entre los testimonios de personas que trataron a Enriqueta o sufrieron sus actividades se contaban historias tan dramáticas como la de una mujer de Alcañiz que acababa de llegar a Barcelona a buscar trabajo con un bebé en brazos. La buena mujer se sintió desfallecer y se sentó en el umbral de una casa. Una desconocida, de tono amable, se le acercó; era Enriqueta.

– ¡Qué nena tan bonita!, ¿quiere que le dé un rato el pecho?

–A mi hija nadie le da el pecho más que yo –respondió la baturra.

–Pues a mí me gustaría dárselo. Me parece que lo que usted tiene es hambre. Vamos a esa lechería, que le pago un vaso de leche. ¡Pobre mujer! Traiga, que ya le llevaré yo a la niña.

Y la mujer, que estaba desfallecida de hambre, siguió a la desconocida y entró con ella en la lechería. Enriqueta pidió un vaso de leche y exclamó de repente:

–Pero le sentará mejor con pan. Espere, que ahora mismo lo traigo.

Salió con el bebé en brazos y nunca regresó. Seis años tuvieron que pasar hasta que la desgraciada mujer de Alcañiz volviera a ver frente a ella, para identificarla, a la que le había robado a su hijo y a saber lo que habría hecho con él.

En una segunda inspección del piso, se encontró el saco del que hablaban las niñas, también encontraron otro saco con ropa sucia y al menos treinta huesos pequeños con marcas de haber estado expuestos al fuego. Encontraron también un salón suntuosamente decorado con un armario con bonitos vestidos de niño y niña. Este salón contrastaba con el resto del piso que era de una gran austeridad y pobreza y donde olía mal. En otra habitación cerrada con llave encontraron el horror que escondía Enriqueta Martí. En ella, había unas cincuenta jarras, potes y palanganas con restos humanos en conservación: grasa hecha manteca, sangre coagulada, cabellos de criatura, esqueletos de manos y polvo de hueso; también potes con las pociones, pomadas y ungüentos ya preparados para su venta.

También se encontraron cosas curiosas: un libro muy antiguo con tapas de pergamino, un libro de notas donde había escritas recetas y pociones con una caligrafía muy elegante, un paquete de cartas y notas escritas en lenguaje cifrado y una lista con nombres de familias y personalidades muy importantes de Barcelona. Esta lista fue muy polémica ya que entre la población se creyó que era la lista de clientes ricos de Enriqueta. La gente creía que no pagarían por sus crímenes de pederastia o de compra de restos humanos para curar su salud por le hecho de ser gente rica. La policía intentó que la lista no transcendiera. Pero corrió el rumor que en ella había médicos, políticos, empresarios o banqueros. Las autoridades, que tenían la Semana Trágica muy presente y con el temor que hubiese un motín popular calmaron los ánimos de la gente, haciendo que el ‘ABC publicase un artículo donde se explicaba que en la famosa lista solo había nombres de personas a quien Enriqueta mendigaba y que estas familias y personalidades habían sido estafadas por las mentiras y ruegos de la asesina.

Siguiendo la inspección, se registraron dos pisos más donde había vivido Enriqueta: un piso en la calle Tallers, un tercero en la calle Picalqués, y una casita en la calle Jocs Florals, en Sants. En todos ellos se encontraron falsas paredes y en los techos restos humanos. En el jardín de la casa de la Calle dels Jocs Florals encontraron una calavera de un niño de tres años y una serie de huesos que correspondían a niños de 3, 6 y 8 años. Algunos restos aún tenían piezas de ropa, como un calcetín zurcido, que daba a entender que Enriqueta tenía por costumbre secuestrar niños de familias muy pobres y de escasos medios para buscar a su hijo desparecido. Se encontró otra vivienda en San Felíu de Llobregat, propiedad de la familia de Enriqueta, donde también se encontraron restos de criaturas en jarrones y potes, y libros de remedios.

También fue interrogada por la presencia de huesos y otros restos humanos así como las cremas, pociones, cataplasmas, pomadas y botellas con sangre preparada para vender que poseía en el piso. Le hicieron saber que los huesos, según los forenses, habían sido sometidos a altas temperaturas, es decir habían sido quemados o cocidos. Enriqueta primero argumentó que ella hacía estudios de anatomía humana. Presionada por los interrogatorios acabó confesando que era curandera y utilizaba a los niños como materia prima para fabricar sus remedios.

Enriqueta fue encerrada en la prisión “Reina Amàlia” en espera de juicio. Intentó suicidarse cortándose las venas con un cuchillo de madera, cosa que hizo estallar la indignación popular porque la gente quería que Enriqueta llegase al juicio y fuese ajusticiada en el garrote vil. Las autoridades de la prisión hicieron que tres de las reclusas con más carisma de la prisión compartieran celda con ella. Les ordenaron destaparle las sábanas en caso de que se cubriera para impedir que se abriese las venas con los dientes.

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Pero Enriqueta nunca llegó a juicio, año y tres meses después de su detención olvidada ya la indignación del pueblo, murió en la cárcel. Sus compañeras de prisión la mataron linchándola en uno de los patios del penal. La secuestradora y asesina murió la madrugada del 12 de mayo de 1913, oficialmente de una larga enfermedad, pero la realidad como resultado de una brutal paliza. Fue sepultada con toda discreción en la fosa común del Cementerio del Sudoeste, situado a la montaña de Montjuïc de Barcelona.
Se especuló que cuando empezó a ser golpeada ya estaba muerta, envenenada por encargo de alguien interesado en su desaparición. Nada se pudo probar. Lo cierto es que nunca llegó a celebrarse el juicio y que aquellas personas que figuraban en la lista, “tan amantes de la caridad”, ese día durmieron con más sosiego y que Enriqueta Martí Ripollés se convirtió en leyenda.

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